viernes 4 de julio de 2008

Al final del arcoiris



Viernes por la tarde: las últimas, interminables horas antes de llegar al fin de semana, sobrevalorada recompensa de la vida laboral, desabrido final del arcoiris que, apenas alcanzado, ya sabe a lunes (en catalán, el fin de semana es cap de seman, cabeza de semana, curiosa inversión de sentido que denota una ancestral y optimista sabiduría).
La vida, parafraseando la famosa canción, se va en puro esperar: a que suene la campana de salida en la escuela, a tener edad para dejarse el pelo largo, beber, fumar, ir a fiestas y tener sexo, a entrar a la universidad, a que la Selección gane el Mundial o a que Radiohead finalmente venga a México; a conseguir un buen empleo –y no perderlo–, a que la chica que nos gusta nos haga caso, a obtener esa beca, a que el vecino se calle de una buena vez y a que los índices macroeconómicos no se desplomen al final del sexenio.
Una buena parte de la felicidad está en el porvenir: las próximas vacaciones siempre pintan mejor que las pasadas (hay quien dice, no sin pesimismo, que todo tiempo pasado fue mejor: sin duda, OK Computer es mejor que In Rainbows, aunque parecería más prometedor encontrar la felicidad al final del arcoiris que en la pantalla de la computadora, como ya podrá haber corroborado el lector), pero éstas ayudan a sobrellevar la impaciencia que inevitablemente llega cuando faltan seis meses para aquéllas.
Los buenos vinos, dicen, mejoran con los años. Algunos quesos también. El añejamiento, versión sofisticada de la espera. El que espera, desespera; no por mucho madrugar se amanece más temprano. Esperar es un arte que es preciso ensayar.


1 comments:

Fausto Ponce dijo...

Ok! Muy bien señor Rivaud, muy bien! Debe escribir más seguido, insisto: su estilo anima el surfeo por internet.