
Spencer Tunick visitó el D.F. y fotografió a 18 mil personas en el Zócalo. Ahí estaba yo: una mancha blanca y negra en medio de muchas más. Desde el ojo de la cámara ubicada en el techo del hotel Majestic, un punto en medio de una masa de carne con la textura de miles de pieles, colores, curvas y protuberancias. Varios individuos integran una masa anónima.
A eso de las 6 am, "Spencer", como todos nos referimos al fotógrafo -familiaridad que es, por decir lo menos, justa- nos dice que nos fotografiará al amanecer, que esperemos, y que tengamos muy presente que estamos participando en una obra de arte, no en una fiesta ni en una manifestación. Nadie parece tomárselo demasiado en serio. El ambiente previo al momento de desnudarse es festivo, no muy distinto al ambiente de un estadio, con la salvedad de que en este caso el público está a punto de ser el espectáculo. "Esperaremos a que el sol salga por el Este", explica una de las organizadoras, y alguien grita: "¡por ahí no!". La cábula seguida por risas es la norma durante la espera. Eso, y la intimidante presencia de una muchedumbre que en cualquier momento nos observará desnudos.
Cuarenta y cinco minutos después llega la señal: nos quitaremos la ropa, caminaremos hasta la plancha del Zócalo, cada quien ocupará una losa, "1, 2, 3, ¡México desnudo!", grita Spencer, y la masa anónima se convierte en una masa anónima desnuda. Alrededor brotan panzas que con mucho cuidado caminan hasta el Zócalo, atraviesan hileras de senos y penes y se colocan en su cuadro, al lado de las otras nalgas.
Quizás en los primeros momentos hay vergüenza. No falta quien se cubre las partes pudendas. Pero después de diez minutos de estar parado en el frío suelo del Zócalo, inerme ante la brisa del amanecer, deja de resultar importante. Ayuda, obviamente, la multitud. Psicología de las masas, catarsis colectiva, la dilución de los límites que el anonimato permite: todas esas ideas deben revalorarse en este contexto. Una masa desnuda es igual a una masa vestida: estar desnudo es la norma, así que no hay transgresión en ello. La policía -la de las "faltas a la moral y las buenas costumbres"- nos protege de los "otros", los que están vestidos, que quisieran asomarse a ver aquel espectáculo (no así de la prensa). En la normalización de la desnudez, ésta pierde su valor, y se puede ver un par de senos como se vería, por ejemplo, un sombrero: fijándose en el diseño, en lo bien que le sientan a quien los porta, pero nada más allá. Los cuerpos femeninos alrededor no carecen de belleza, pero la mirada hacia ellos cambia y se vuelve, por así decirlo, más plástica (aunque no falten hombres tratando de ocultar su excitación, mala broma fisiológica que, especulo, no refleja una lascivia de fondo). En medio de la masa, la libido decrece. El evento no es, no podría ser -y ay de aquel que se imagine otra cosa- el prolegómeno de una orgía masiva. Quizás por ello hay un entendimiento mutuo y espontáneo en cuanto al respeto del espacio íntimo: cuando Spencer termina su foto del Zócalo caminamos hacia 20 de noviembre, y nadie se empuja, nadie corre, apenas y hay rozones. La masa desnuda es más civilizada.
La experiencia, que en principio podría resultar intimidante, acaba por ser placentera. En el paraíso, cabe decir, todos están desnudos. Hay algo del gozo infantil de correr en bolas por la calle. También algo de política, como cuando coreamos "¡Voto por voto, casilla por casilla!", pensando que tal vez ahora sí nos harán caso.
Llega el final: las mujeres caminan rumbo a Palacio Nacional (la sopresa de Tunick: una foto sólo para ellas), los hombres regresamos a vestirnos. Con la ropa encima, la metamorfosis termina: muchos corren hacia el lugar donde están siendo fotografiadas y toman fotos con sus celulares. Ellas se sienten acosadas, intimidadas, algunas regresan a vestirse antes de terminar la foto; las demás lo hacen al final, en tropel, y las miradas que se les posan encima ya no son plásticas. Una masa vestida frente a una masa desnuda, luego dos masas vestidas, luego todo se ha terminado, salvo para quienes no encuentran su ropa (en la aritmética de la desnudez, no hay situación más poco favorable).
Al día siguiente, las imágenes circulan por doquier. Resulta impresionante ver la plancha del Zócalo poblada por desnudos saludando a la bandera, acostados, hincados. Tunick hace arte Guiness, cuyo mayor mérito es romper marcas de asistencia. Arte escándalo que en realidad a pocos escandaliza. Su mayor mérito es logístico, pero puede vender reproducciones de sus fotos en 5 mil euros la copia. ¿Pero a quién le importa Tunick? Participar es, más que nada, un ajuste de cuentas personal. La masa anónima está formada por individuos, y cada uno de ellos tuvo "su" instalación, se asumió como cuerpo, como carne. La obra de arte es uno.
4 comments:
http://www.funyjoke.blogspot.com/
Querido amigo mío, escribí algo sobre tu artículo en mi blog, dime qué piensas. Un abrazo.
http://vorstellung.blogspot.com/2007/05/devenir-viande-mi-querido-muy-querido.html
en mi humilde opinión está muy bien que te hayas encuerado y luego intentado justificarlo socioliterariaemente o juatever, pero tranquilo, no necesitas hacer algo equivalentemente extremo para postear algo nuevo.
(bienvenido, me dicen la policía de la actualización)
Ey... "Amar sin ser amado es como limpiarse el culo sin haber cagado"... disimetria pudica.
¿De que lado estabas?
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